Mi experiencia de haber estado contagiada de covid 19

La hermana Gelsomina Rodas B. hondureña, nos comparte su experiencia de haberse infectado del COVID 19.

 

El 19 de enero llegó a Honduras para dos meses de vacaciones, antes de responder al nuevo envío que ha recibido de la congregación. Ella se encontraba en misión en Colombia.

Lo que comparto es una memoria agradecida por lo que Dios ha hecho y sigue haciendo en mi vida y en la vida de la comunidad.

Con esta enfermedad del Covid 19 he aprendido a ver la enfermedad como una escuela de sabiduría, una escuela de aprendizaje.

 

Al llegar a Honduras oí hablar del Covid 19

 

La familia y amigos me comentaba que esta enfermedad estaba azotando en Europa; para mí era lejana, desconocida y extraña; no imaginé que pronto llegaría a Honduras y que yo lo iba a vivir en carne propia. Cuando recibí la noticia que estaba infectada, me dije a mi misma: ahora está aquí y nos toca caminar juntas, no niego que me entró miedo e inseguridad.

 

Lo que viví con esta enfermedad

 

Este tiempo de enfermedad me ha permitido revisar mi vida, tomar conciencia que Dios permite la enfermedad para que siempre permanezcamos con los pies puestos en la tierra. He experimentado a Dios como mi protector, mi consolador; por eso no decaí, ni me desanimé porque Él estuvo conmigo, ha sido “mi guardián

Dios ha estado grande con nosotras, digo nosotras porque éramos 4 pacientes infectadas con COVID en nuestra casa (la hermana Patrocinia, la mamá de la hermana Esperanza, el papá de otra hermana y yo; la comunidad era un pequeño hospital; pero lleno de una calidad humana, de una fraternidad y solidaridad impresionante.

Hubo un día que me asusté, amanecí bastante mal, no había dormido en toda la noche, la hermana Patrocinia me dice, “si quiere la llevo al hospital. Con sólo escuchar la palabra hospital me asusté mucho; porque era el momento que moría mucha gente en los hospitales: inmediatamente le dije que no. Este miedo me permitió solidarizarme de alguna manera con tantas personas que padecían esta enfermedad y que estaban aterradas ante la posibilidad de no salir con vida.

¡Resistiré, Resistiré! Me decía

Expresión que se volvió común en este tiempo de pandemia.

 

Durante este tiempo yo me hacía preguntas

¿Dónde estás Señor? ¿Cómo me hablas hoy?; sin embargo, Dios se me apareció de manera sorprendente :

  • en el desierto y en la noche oscura,
  • en todos los gestos de misericordia,
  • las palabras de aliento de tantas hermanas de congregación,
  • de las amistades, la familia;
  • en los abrazos que se daban a la distancia,
  • en los ratos prolongados de oración que llenaban de sentido lo que estaba viviendo, Dios estaba aconteciendo y tal vez yo sin darme cuenta.

Pero concretamente Dios se manifestaba en la entrega generosa y los cuidados tan llenos de delicadeza que nos ofrecieron las hermanas Geraldina Escalante, María Esperanza y Rosita (postulante).

Todas las mañanas el Señor me venía a saludar con el canto de los pajaritos que escuchaba a través de la ventana de mi cuarto.

Los textos de la liturgia de ese tiempo de confinamiento, fueron muy iluminadores y consoladores, uno de ellos, “Entren por la puerta estrecha… ¡Qué estrecha es la puerta!, Qué angosto el camino que lleva a la vida” (Mt. 7,13-14). Una puerta estrecha que debí atravesar para experimentar la vida que de ahí surgiría; esta enfermedad la asumí con confianza, abandono y esperanza en mi amigo y hermano Jesús de Nazaret.

Mi súplica diaria era: “concédeme Señor la gracia de pasar por esta puerta estrecha en mi vida, que la viva con serenidad, con mucha paz interior, confiada en ti que tienes la última palabra”

 

Un desierto inesperado

 

Esta experiencia la releo como un desierto inesperado, todo el año 2020 ha sido eso, me preparaba para una misión concreta, y el Señor me vino a colocar en esta situación, a lo largo de mi vida he dicho, el Señor nos conoce, Él sabe cuáles son nuestras fragilidades, que es lo que necesita cada persona y que nada sucede por casualidad, lo que me ha acontecido “es para algo” no por algo. El Señor sabe lo que hace.

 

 

 

A veces el desierto viene a nosotras cuando no se espera

 

Tal vez este desierto del virus, de cuarentena que nos ha tocado vivir en la comunidad de Choluteca, donde hubo más silencio, menos ruido, más soledad, más aislamiento y menos rutinas, fue un tiempo para volver a recordar lo más esencial e importante de la vida, recordar el sentido, la capacidad de encuentro y la necesidad que tenemos unos de otros.

 

El desierto también es un lugar árido un lugar difícil

 

Lo vivido nos hizo experimentar la inseguridad, el miedo, nos hizo tomar conciencia de nuestra fragilidad. Sentí que en este desierto inesperado el Señor quiso volver hablarme de amor, hablarme al corazón. Oseas, 2,16-22

En este desierto hemos vivido la soledad en la comunidad, que nos distanció por un tiempo de la gente que amamos, quizás fue una oportunidad para rezar por todas las personas que forman parte de nuestra vida, tender un puente de oración hasta donde ellos estaban.

Al releer esta experiencia, me doy cuenta que hubo una constante que siempre estuvo presente en este tiempo: es el agradecimiento; todos los días le daba gracias a Dios porque estaba viva, “Dios mío, gracias, abrí mis ojos, Nací de nuevo”. Los medios de comunicación nos anunciaban cada día las personas que morían, gente conocida y que servían de una u otra manera al país.

Como no estar agradecida con nuestras hermanas Geraldina, Esperanza y nuestra postulante Rosita, que nos han cuidado de una manera tan humana, eso ayudó para nuestra recuperación, estas hermanitas se entregaron, se arriesgaron, aunque también ellas podían contaminarse; pero asumieron el riesgo, el buen Dios las cuidó y protegió. El Carisma de Humanización se vivió concretamente en esos gestos de cercanía, solidaridad y atención de parte de estas tres mujeres guerreras.

Agradezco a todas las hermanas de la congregación, nuestros asociados y asociadas, por la comunión fraterna a través de las oraciones.

Se han tendido puentes con la oración, nos ha permito experimentar que somos una familia.

Bendice, alma mía al Señor:

Señor Dios mío ¡qué grande eres!

Sal. 104

 

Hna. Gelsomina Rodas Baquedano, Honduras

 

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